
A medida que la edad promedio de las personas en los EE. UU. continúa aumentando, la preocupación por la incidencia de la enfermedad de Alzheimer se profundiza.
Otra amenaza creciente para la salud es la diabetes. Los expertos médicos de los U.S. Centers for Disease Control and Prevention CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) han alertado que la diabetes es la enfermedad crónica de más rápido crecimiento en el país.
Tanto el Alzheimer como la diabetes tienen un impacto considerable en vidas humanas y recursos sanitarios. Y están estrechamente relacionados. La diabetes, que afecta la capacidad del cuerpo para usar la insulina para controlar el azúcar en sangre, es un factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer. Algunos investigadores incluso han afirmado que el Alzheimer es una forma de diabetes que afecta al cerebro. Algunos expertos médicos investigadores han denominado la enfermedad de Alzheimer como la “diabetes tipo 3”, aunque ninguna organización médica profesional ha adoptado formalmente ese término.
Para comprender mejor las conexiones entre la enfermedad de Alzheimer y la diabetes, hablamos con dos expertas. La Dra. Tara Carlisle, es neuróloga conductual y profesora asistente de neurología en la University of Colorado Anschutz School of Medicine. Ella ejerce su especialidad en la Advanced Therapy for Neurodegenerative Disorders Clinic (Clínica de Terapia Avanzada para Trastornos Neurodegenerativos), un espacio dentro de la University of Colorado Neurobehavior and Memory Disorders Clinic ubicada en la UCHealth Neurology Clinic – Central Park.
La Dra. Dana Dabelea es fundadora y directora del Lifecourse Epidemiology of Adiposity & Diabetes (LEAD) Center y decana asociada de investigación en la Colorado School of Public Health.
¿Qué es la resistencia a la insulina y por qué es una amenaza para la salud?
La insulina es una hormona producida por el páncreas que ayuda al cuerpo a regular la glucosa en la sangre. La resistencia a la insulina se produce en las células de las personas con diabetes tipo 2, lo que aumenta el riesgo de que se eleve el nivel de glucosa en sangre. El aumento de los niveles de azúcar en sangre a niveles peligrosos (hiperglucemia) puede, a su vez, causar problemas en muchas áreas del cuerpo.

Por ejemplo, explicó Dabelea, la resistencia a la insulina que conduce a la diabetes tipo 2 puede dañar los ojos, los riñones, el corazón, los vasos sanguíneos y los nervios.
“Estas son las complicaciones tradicionales de la diabetes”, explicó.
¿La resistencia a la insulina está relacionada con la enfermedad de Alzheimer?
Sí, la resistencia a la insulina está relacionada con la enfermedad de Alzheimer. Carlisle señaló que el cerebro contiene receptores de glucosa que son una parte importante del circuito que nos ayuda a pensar, recordar y aprender. La resistencia a la insulina puede alterar el funcionamiento del cerebro, así como afectar a otros órganos.
Estudios “sólidos” en grandes poblaciones muestran que las personas con diabetes tipo 2 tienen un riesgo elevado de desarrollar la enfermedad de Alzheimer, dijo Carlisle. Cada vez hay más evidencia de que las personas con diabetes tipo 1 (una enfermedad autoinmune que afecta la capacidad del cuerpo para producir insulina) también corren un mayor riesgo de padecer Alzheimer.
“Parece haber alguna señal de que el metabolismo de la glucosa desempeña un papel en el riesgo de enfermedad de Alzheimer”, dijo Carlisle.
Sin embargo, enfatizó que existen muchas vías, además de la glucosa, que pueden alterar el funcionamiento normal de las células cerebrales. Por ejemplo, la alteración puede afectar a los receptores que gestionan los lípidos (como el colesterol) y a las mitocondrias, que son las centrales eléctricas que proporcionan energía a las células cerebrales, explicó.
En resumen, las investigaciones sugieren que en algunos casos la resistencia a la insulina y estas otras alteraciones del metabolismo pueden ocurrir antes de que el cerebro desarrolle placas amiloides y ovillos de tau, ambos asociados con la enfermedad de Alzheimer, y que “aumentan el riesgo de que estas proteínas tóxicas se acumulen”, dijo Carlisle.
Algunos investigadores sugieren usar el término ‘diabetes tipo 3’ para reconocer la relación entre la diabetes y la enfermedad de Alzheimer. ¿Es válido?
Tanto Dabelea como Carlisle afirman que no es necesario clasificar la diabetes tipo 3 en personas que también padecen Alzheimer. Señalan que muchos otros factores aumentan el riesgo de padecer Alzheimer. El mayor riesgo es el envejecimiento, pero la lista de factores de riesgo es larga y variada, e incluye hipertensión arterial, obesidad, apnea del sueño, tabaquismo, factores ambientales como la contaminación del aire, consumo de alcohol, pérdida de audición y depresión. Las mujeres tienen el doble de riesgo que los hombres de desarrollar la enfermedad de Alzheimer.

“No comprendemos con claridad las vías ni si existen múltiples vías o una secuencia de vías”, afirmó Dabelea. “Sin duda, no existe una superposición completa entre la diabetes y la enfermedad de Alzheimer. En otras palabras, no todas las personas con diabetes desarrollarán Alzheimer, lo que contradice el término ‘diabetes tipo 3’, ya que el Alzheimer no es una complicación necesaria de la diabetes”.
La misma lógica se aplica a otros factores asociados con la enfermedad de Alzheimer, señaló Carlisle. “Las personas con hipertensión arterial también tienen un mayor riesgo de padecer Alzheimer, pero no llamamos a la hipertensión arterial enfermedad de Alzheimer”, explicó. “Por lo tanto, si intentamos llamar diabetes a la enfermedad de Alzheimer, estamos simplificando excesivamente la complejidad del riesgo”.
En resumen, no deberíamos pensar en la enfermedad de Alzheimer como una sola entidad, añadió Carlisle.
“Deberíamos llamarla ‘enfermedad de Alzheimer’”, concluyó. “Al igual que con la diabetes, existen múltiples formas”.
Entonces, ¿es útil el término ‘diabetes tipo 3’?
En general, el término “diabetes tipo 3” no resulta útil por las razones que Dabelea y Carlisle expusieron anteriormente. Ambas lo calificaron de “sensacionalista”. Dabelea reconoció que la idea se ha planteado durante al menos dos décadas. Un artículo publicado en el 2008, por ejemplo, declaró que “el término ‘diabetes tipo 3’ refleja con precisión el hecho de que [la enfermedad de Alzheimer] representa una forma de diabetes que afecta selectivamente al cerebro…”.
Dabelea dijo que esa es una opinión decididamente minoritaria y señaló que la diabetes tipo 3 es un término que no ha sido reconocido ni por la American Diabetes Association (Asociación Americana de Diabetes) ni por la “amplia mayoría de los médicos”.
Carlisle añadió, sin embargo, que el término contribuye a generar debate e investigación adicionales sobre la relación entre la resistencia a la insulina y la enfermedad de Alzheimer.
“Creo que, aunque el término ‘diabetes tipo 3’ se usa con fines sensacionalistas, surge de la comprensión de qué aspectos podemos abordar en cuanto al riesgo de demencia”, afirmó.
Los medicamentos GLP-1, como Ozempic, han demostrado eficacia en el tratamiento de la diabetes tipo 2 y la obesidad. ¿Podrían ayudar a frenar el deterioro cognitivo?
El medicamento GLP-1 no contribuye a aminorar el deterioro cognitivo, al menos por ahora. Dos estudios clínicos en fase 3 analizaron la semaglutida — componente sintético presente en Ozempic y otros medicamentos para la diabetes y el control del peso, como los GLP-1s — para determinar si puede hacer más lento el deterioro cognitivo en comparación con un placebo en pacientes con enfermedad de Alzheimer en fase inicial. Un total de 3,800 pacientes participaron en estudios clínicos denominados EVOKE y EVOKE+.
Lamentablemente, la semaglutida no fue más eficaz que un placebo para ralentizar la progresión de la enfermedad de Alzheimer. Los asistentes a la conferencia Clinical Trials on Alzheimer’s Disease basada en Ensayos Clínicos sobre la Enfermedad de Alzheimer, celebrada a principios de diciembre, conocieron los detalles de los ensayos.
Carlisle afirmó que los ensayos EVOKE tenían una base sólida. Surgieron estudios que demostraban que, como grupo, las personas con diabetes que tomaban fármacos GLP-1 presentaban un menor riesgo de deterioro cognitivo que quienes no los tomaban.
Gracias a esta “señal”, los investigadores dieron el siguiente paso para comprobar si los fármacos GLP-1 podían ralentizar la progresión del deterioro cognitivo en pacientes con enfermedad de Alzheimer leve o moderada, afirmó.
¿Significan estos decepcionantes resultados del estudio que los medicamentos GLP-1 no desempeñan ningún papel en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer?
Los resultados de este estudio no implican necesariamente que los fármacos GLP-1 no tengan ninguna función en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer, afirmó Carlisle, señalando que los resultados del ensayo plantean la cuestión de si los GLP-1 podrían ser beneficiosos si se toman antes de que se desarrolle el deterioro cognitivo. Esta idea también subraya la importancia de tratar la diabetes y otros factores de riesgo de la enfermedad de Alzheimer lo antes posible, añadió.
“Yo considero que puede haber estudios con personas con marcadores positivos de la enfermedad de Alzheimer, pero que aún no presentan deterioro cognitivo, para ver si podemos reducir el riesgo de tener ese deterioro medible”, dijo Carlisle. “Ahí es donde se ha estado moviendo la investigación sobre el Alzheimer, y en parte se debe a que hemos tenido tantos ensayos clínicos fallidos en los últimos 30 años”.
Un recurso muy valioso son las pruebas de sangre, aprobadas por la FDA en el año 2024, para la detección temprana de biomarcadores que indican un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer. Anteriormente, la detección de estos biomarcadores requería la extracción de líquido cefalorraquídeo o la realización de tomografías por emisión de positrones (PET) para el amiloide.
Carlisle enfatizó que es muy improbable que una sola terapia sea la respuesta para tratar o prevenir la enfermedad de Alzheimer. Señaló el enfoque multifacético para tratar el cáncer.
“Probablemente exista más de un mecanismo que podría contribuir al riesgo de que una persona padezca Alzheimer. ¿Se trata de neuroinflamación? ¿Influye la alteración metabólica? ¿Tiene base hormonal? Debemos asegurarnos de abordar estas múltiples vías simultáneamente, como se hace con las terapias contra el cáncer”, dijo. “Apoyamos el tratamiento del cáncer porque, hasta ahora, nos hemos centrado en vías individuales”.
¿Se realizan esfuerzos en el Campus Anschutz de la Universidad de Colorado para comprender los vínculos entre la diabetes y la enfermedad de Alzheimer?
Sí, se están realizando esfuerzos para comprender los vínculos entre la diabetes y la enfermedad de Alzheimer. Un ejemplo importante: Dabelea y la Dra. Allison Shapiro, profesora asistente y directora de investigación clínica en la Pediatric Endocrinology Section de la University of Colorado Anschutz School of Medicine, colaboraron en un estudio sobre los posibles vínculos entre la diabetes y el deterioro cognitivo y la demencia en jóvenes con diabetes tipo 2.
El pequeño estudio utilizó muestras de sangre e imágenes cerebrales de la población nacional recopiladas en el estudio SEARCH for Diabetes in Youth. Dabelea es la investigadora principal del estudio en la Colorado School of Public Health. El estudio concluyó que los jóvenes presentaban biomarcadores de deterioro cognitivo y que dichos marcadores aumentaban a medida que alcanzaban la edad adulta.
“Estos jóvenes podrían ser candidatos a tratamientos intensivos y enfoques de prevención para evitar la enfermedad en toda su extensión”, dijo Dabelea.
Adicionalmente, Dabelea lidera un estudio nacional basado en el programa de prevención de la diabetes y en sus resultados, que ha dado seguimiento a personas adultas con prediabetes durante más de un cuarto de siglo. El objetivo es evaluar si las intervenciones, incluidas cambios en el estilo de vida y el uso de medicamentos para la diabetes, como la metformina, podrían prevenir la diabetes tipo 2 de forma más eficaz que un placebo. El estudio también incluyó un seguimiento a largo plazo para comprobar si los beneficios del programa de prevención se mantuvieron.
Ahora, Dabelea lidera una fase adicional del estudio que da seguimiento a personas adultas mayores con prediabetes, diabetes tipo 2 y obesidad, con el objetivo de descubrir cómo estas afecciones podrían vincularse con la resistencia a la insulina y la enfermedad de Alzheimer. Añadió que prevé presentar un resumen de los hallazgos del estudio en la reunión profesional de la Asociación Americana de la Diabetes el próximo verano.
¿Qué pueden hacer las personas para proteger su salud cerebral?
Hay muchas medidas que las personas pueden tomar para reducir el riesgo de deterioro cognitivo. Carlisle señala que, en 2020, la Comisión Lancet identificó 12 factores de riesgo (muchos de ellos mencionados anteriormente) que podrían retrasar o prevenir el 40 % de los casos de demencia en todo el mundo. En 2024, la Comisión añadió dos factores de riesgo más (pérdida de visión y niveles altos de colesterol) y aumentó el porcentaje de casos prevenibles al 45 %.
Carlisle señaló que ella y sus colegas ofrecen a los pacientes los “Seis Pilares de un Estilo de Vida Saludable para el Cerebro”, que incluyen hacer ejercicio regularmente, dormir bien, controlar el estrés, mantener las conexiones sociales, buscar la estimulación mental y seguir una dieta saludable, como la dieta MIND.
El ensayo aleatorizado US POINTER de 2024 también respaldó este enfoque, al concluir que un régimen de ejercicio regular, la dieta MIND, la interacción social y el desafío mental mejoraron la cognición en más de 2,000 adultos mayores con riesgo de demencia, añadió Carlisle.
Todos estos son elementos que las personas pueden elegir controlar. ¿Qué les impide hacerlo, si acaso hay algo?
Dabelea identificó dos factores en el mundo occidental que pueden dificultar el control de los factores que contribuyen a la diabetes, la hipertensión arterial y las enfermedades cardiovasculares, y que aumentan el riesgo de padecer Alzheimer.
El primero es inevitable. “En general, las personas viven más tiempo, y todas estas son enfermedades crónicas asociadas con la edad”, afirmó.
En segundo lugar, señaló que, si bien las personas pueden adoptar decisiones de estilo de vida que promuevan hábitos saludables, a veces las sociedades están “estructuralmente diseñadas” para dificultar estos cambios. Por ejemplo, comer sano puede ser costoso. Es posible que los vecindarios no estén diseñados para fomentar la caminata y otros ejercicios que también ayudan a aliviar el estrés.
“Son estas cosas aparentemente simples las que pueden complicarse”, afirmó Dabelea. “Para mí, estas dos cosas —el envejecimiento de la población y el desequilibrio entre las decisiones individuales y los factores estructurales— son la razón por la que vemos cada vez más diabetes y otras enfermedades crónicas”.
¿Qué deben saber ahora mismo los pacientes y sus familias sobre la relación entre la diabetes y la salud cerebral?
En primer lugar, la diabetes es un factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer. “Al igual que con todas las demás complicaciones de la diabetes, el control de la glucosa en sangre y la actividad física y social son formas de proteger nuestro cerebro de la demencia”, afirmó Dabelea. Añadió que este punto también aplica a las personas sin diabetes, ya que tienen un mayor riesgo de demencia a medida que envejecen.
Carlisle coincidió, pero enfatizó que la diabetes es solo uno de los muchos factores que inciden en la salud cerebral, tanto positivos como negativos.
“Creo que cada vez se reconoce más que no todos los casos de Alzheimer son iguales. Necesitamos dar un paso atrás y comprender mejor todos los factores que contribuyen a la enfermedad de Alzheimer”, concluyó.